La organización social de los primeros homínidos estaban formada por un macho dominante que gobernaba el destino de los otros machos del clan, y la cópula con hembras es decisión suya. Pero con el paso de los milenios, esta forma social primitiva desapareció, ya que era poco eficaz a los ojos de la evoluciónGeneralmente, la agresividad y la violencia se proyectaban fuera del clan, lo que permitió al grupo de homínidos evolucionar a nivel cerebral gracias a las virtudes de la comunicación intra-especie.Pero milenios más tarde, la vida sedentaria favoreció el amasamiento de riqueza, y la agresividad se impuso de nuevo como fundamento del sistema social. Los que poseían riquezas no las ponían al servicio de la comunidad, sino al servicio de su propia ambición, y empleaban a hombres de armas para proteger sus posesiones. Y en este contexto, los poderosos pusieron un precio a la posesión de las mujeres, por lo que las transformaron durante milenios en “objeto” sexual y materno. A parte de estas razones económicas, la dominancia de un sexo sobre el otro carece de toda base biológica.El estudio de la historia humana reafirma el hecho de que el humano es un ser social, y es su sociedad la que decide las facultades que va a favorecer en él a través de las tradiciones culturales. Según Erich Fromm, las necesidades de la sociedad se transforman en necesidades personales y acaban por constituir el carácter de dicha sociedad, la personalidad básica de todo individuo, y las facultades que van al encuentro de los modelos culturales de una sociedad son rechazadas o denegadas. Analizando el comportamiento del Homo Sapiens, percibimos que contrariamente otros grandes simios eran encasillados en comportamientos estereotipados, como por ejemplo los orangutanes que prefieren vivir aislados, los gorilas que forman manadas con jerarquías estables, pacíficas pero desiguales, los chimpancés que constituyen manadas conflictivas, violentas, con jerarquías fluctuantes y por fin los bonobos que viven en manadas jerarquizadas, pero pacíficas, ya que todo conflicto se arregla en unos segundos por un apareamiento furtivo.

Todos estos comportamientos, instintivos, se encuentran siempre ocultos en los recovecos del cerebro del Homo Sapiens, y así, el niño humano, en su proceso de humanización, atraviesa milenios de evolución mediante la adquisición del lenguaje y la educación, pero a veces, por prejuicio familiar o incidente individual, el individuo humano presenta comportamientos arcaicos rechazados por la sociedad actual para satisfacer estas necesidades, siendo el caso del incesto, la pederastia o el asesinato. Y se actualizan de nuevo comportamientos violentos, en general contra los más débiles de nuestra sociedad. Y la sociedad tiene el deber de reaccionar, pero a partir de un diagnóstico juicioso y no justificado por un deseo de venganza.

Poco importa el impacto emocional que determinados hechos ocasionan sobre nuestra personalidad. Para poder erradicarlo definitivamente es necesario comprender estas normas de actualización, y la comprensión no constituye nunca la complacencia o impunidad, sino que permite la prevención.

La conciencia emocional forma el paso fundamental que separa al animal del humano y en cuanto a la sexualidad, desde hace milenios, los homínidos siempre han contado con la aceptación de las hembras para copular, ya que el recurso a la violencia, en el ámbito de los grandes simios, fue juzgado poco eficaz por la evolución y los australopitecos que la ejercían desaparecieron de la faz de la tierra.

Pero el humano sigue siendo un animal sujeto a estas pulsiones primitivas, como la de la sexualidad. A pesar de las normas igualitarias de nuestra sociedad, existen casos donde, por razones de situación familiar, el individuo no integra satisfactoriamente los acervos de respeto del otro inscritos en el cerebro límbico, o el respeto del otro inscrito en las normas sociales contenidas en el Super-Yo. Y expresa estas pulsiones sexuales o violentas sin tener para nada en cuenta la integridad del otro, como en el caso de una personalidad neurótica o psicópata

Estos casos son afortunadamente excepcionales, pero existen en el seno de nuestras sociedades situaciones que conducen irremediablemente a la violencia contra las mujeres. Y conviene expulsarlas para eliminarlas del comportamiento de los hombres, ya que es un problema que también les concierne

Las sociedades han educado durante milenios a los hombres en un modelo social basado en la razón del más fuerte. El conjunto de normas y leyes sociales han colocado al hombre, quitándole su parte emocional y alzando su agresividad, como protector de la familia, limitando a la mujer a un rol exclusivamente alimentario. En este contexto suele ocurrir que por razones psicológicas o económicas, los individuos han aprovechado esta posición de privilegio social para sometera la mujer. Es el machismo el que define este tipo de hombre.

Si durante milenios la agresividad humana ha constituido un valor importante para la supervivencia en el seno de las sociedades humanas, hoy en nuestra sociedad de información resulta esencial educar a los niños masculinos y femeninos con la aceptación de la parte emocional de su personalidad para garantizar la evolución hacia una sociedad más igualitaria y justa, ya que la violencia contra las mujeres es siempre el reflejo de un individuo incapaz de dar una respuesta emocional a los problemas de la vida común o social. Entonces, como última estrategia, se aferra al único recurso que le parece digno de interés, su masculinidad, y provisto de un discurso lógico recuperado de una visión social arcaica con el cual justifica una supuesta inferioridad del género femenino, emplea entonces la violencia contra la mujer para encubrir estos sentimientos de frustración o inseguridad social.

En estas situaciones negativas de pareja, la mujer se convierte en un chivo expiatorio a manos de un individuo poseído por lo que definimos como el Síndrome del Australopiteco, una actitud psicológica basada en normas sociales arcaicas y cuya principal finalidad para el individuo es evitar todo sufrimiento infligiéndoselo al otro.

De este modo, este individuo niega siempre toda responsabilidad a sus problemas, y a su modo de ver, el otro siempre es el culpable, convirtiéndose, desde esta posición interna de víctima, en un perseguidor sin escrúpulos.

Para salir de este ciclo de violencia contra las mujeres nos parece importante no responder al fenómeno con una guerra de sexos, donde obviamente las dos partes saldrían perdiendo. Pero hay que expulsar los contextos individuales o históricos que han generado esta forma de violencia, y ponerles remedio por medio de la educación desde pequeños en la escuela. Pensamos pues que poniendo al desnudo las bases históricas de la evolución humana reconociendo el papel fundamental de las mujeres, les permitimos reencontrarse con sus raíces históricas ricas en proezas suyas. Y en cuanto a los hombres, es urgente descontaminarse de una ideología machista que en nuestra época no era más que el reflejo de una neurosis social y las acciones sólo desembocaban en la soledad y la frustración.

De este modo, una sociedad que tiene el valor de eliminar los fundamentos de una pretendida inferioridad de las mujeres está encaminada a establecer nuevas bases para un futuro más justo, y la finalidad de dicha sociedad se convierte por tanto en el esplendor de cada individuo, más allá de su sexo o pertenencia étnica.

Jean Claude Frappant
Psicoterapeuta en Análisis Transaccional